LA ADORACIÓN EN LA IGLESIA

El Nuevo Testamento nos brinda un vistazo dentro del lugar santísimo del cielo, y escuchamos el canto de los seres vivientes, los ancianos y las huestes de ángeles. La escena se describe así:

«Digno es el Cordero, que fue inmolado, de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza».

Y oí a toda criatura que está en el cielo y sobre la tierra y debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos, diciendo:

«Al que está sentado en el trono y al Cordero

sean la bendición y la honra y la gloria y el poder por los siglos de los siglos».

Y los cuatro seres vivientes decían «¡Amén!». Y los veinticuatro ancianos se postraron y adoraron ).

Apocalipsis 5:12-14

En este pasaje encontramos algo extraordinario, aunque es algo con lo que todo cristiano debe estar familiarizado: la adoración pura. Como criaturas hechas a imagen de Dios fuimos diseñados para adorar a nuestro Creador, pero nos separamos de este propósito por nuestra naturaleza humana pecaminosa. Sin embargo, una vez que el Espíritu de Dios nos vivifica, nos imparte vida espiritual, tenemos una nueva capacidad de adoración. Desde lo profundo todos los cristianos anhelan encontrar una forma de expresar su adoración a Dios.

Por eso no es accidental que la adoración sea uno de los propósitos centrales de la iglesia. Cuando el pueblo de Dios se reúne en asamblea el propósito es la adoración. La gente casi siempre va a la reunión de la iglesia primordialmente para compañerismo, educación cristiana o edificación, pero la razón principal por la que debiéramos unirnos con otros creyentes es la adoración al Señor.

HONRA Y ADORACIÓN

Adorar es asignarle valor o dignidad a Dios. Por ejemplo, el canto en Apocalipsis le atribuye valor a la persona de Cristo y a lo que él logró. A la atribución de valor le llamamos «honra». Honramos a quienes han demostrado que son dignos de mención y de afirmación. Han logrado algo que consideramos valioso.

Por el contrario, Pablo en Romanos 1 habla de la revelación de la ira de Dios contra la raza humana. El mundo está expuesto a la ira de Dios porque, aunque Dios ha manifestado su eterno poder y deidad a toda criatura, el ser humano se rehúsa a honrar a Dios como Dios. En nuestro estado caído, nos rehusamos a adorar a Dios; no le damos el honor que Dios merece. Pablo escribe que en lugar de honrar a Dios cambiamos la verdad de Dios por una mentira, y adoramos y servimos a la criatura en vez de al Creador (w. 18-25). Nos encanta recibir honores y estar en celebraciones en donde seres humanos son honrados por logros prodigiosos. La gente está feliz de otorgar toda clase de honores y gloria a otras personas, pero se niegan a dar honor a quien lo merece más: a Dios, el ser de valor y dignidad supremos.

La experiencia de adoración se describe con palabras como exaltación o alabanza. Hablamos de música de alabanza y de ofrecer alabanzas, y todo esto tiene sus raíces en la historia bíblica, particularmente en el Antiguo Testamento donde un elemento primordial de la adoración era el sacrificio. Incluso antes de ofrecer sacrificios animales por el pecado, estaba la ofrenda de sacrificios a Dios simplemente para honrar a Dios. Tenemos la tendencia a pensar que, ya que el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento fue cumplido en Cristo, la era del sacrificio ya terminó. Sí se terminó la era de los sacrificios por el pecado, porque Cristo cumplió las demandas por nosotros de una vez y para siempre, pero Pablo dice que hemos de presentar nuestro cuerpo en sacrificio vivo a Dios, que es nuestro «culto racional» (Romanos 12:1). El sacrificio todavía debe presentarse a Dios —el sacrificio de alabanza a Dios (Hebreos 13:15) — y debe entregarse con la sustancia de toda nuestra vida.

Conectada estrechamente con el concepto de alabanza está la palabra adoración, término que en nuestros días ha sido abaratado. Se usa para describir a un bebé que es «adorable» porque es simpático o bonito y, en situaciones románticas, no es raro que un enamorado diga que «adora» a su pareja. Hablando con propiedad y en serio, la adoración es algo más que eso. Una cosa es que ame a mi esposa pero algo muy diferente es que la adore. Eso es algo que ciertamente no debo hacer. El tipo de afecto que se asocia con el concepto de adoración debe darse solo a Dios.

Desde un punto de vista bíblico, la adoración ocurre en lo más interno de nuestra alma; es de una naturaleza espiritual que es difícil de definir con exactitud, pero sabemos y podemos distinguir la experiencia. Estamos conscientes de una conexión espiritual entre el aspecto no físico de nuestra humanidad y el carácter mismo de Dios, y en esa conexión alabamos a Dios con nuestros labios o con nuestros pensamientos de tal forma que nuestro espíritu rebosa con afecto, admiración, asombro y reverencia por Dios. La adoración también es colocarnos en una posición de humildad para que aquel que recibe nuestra reverencia sea exaltado.

EN ESPÍRITU Y VERDAD

Jesús tuvo una conversación con una mujer junto al pozo de agua cerca del pueblo de Sicar, y en la conversación surgió el tema de la adoración. Ella era samaritana. Los samaritanos adoraban a Dios en el monte Gerizim, mientras que los judíos concentraban su adoración en el santuario central en Jerusalén. Después de que Jesús le reveló que él sabía que ella había tenido cinco esposos, la mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar» (Juan 4:19, 20). Jesús le respondió: 

Créeme, mujer, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no saben; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca a tales que lo adoren. Dios es espíritu; y es necesario que los que le adoran, lo adoren en espíritu y en verdad (w. 21-24).

Aquí Jesús dijo dos cosas sobre la adoración correcta, la clase de adoración que Dios quiere de su pueblo. Dijo que la adoración que le agrada a Dios se da en espíritu y en verdad. La segunda de estas descripciones de la adoración verdadera no es difícil de entender. La adoración verdadera excluye toda forma de idolatría, que es sustituir a Dios con algo que no es verdaderamente Dios. La adoración falsa también es adoración hipócrita, que no es sincera.

Las palabras de Jesús sobre adorar «en espíritu» son un poco más difíciles de interpretar. La Biblia habla de «espíritu» de dos maneras distintas. La referencia más frecuente es al Espíritu Santo, pero las Escrituras también hablan del espíritu del ser humano. Le damos poca atención al espíritu humano. De hecho, casi hemos abandonado nuestra creencia de que hay algo espiritual como parte integral de nuestra humanidad. Creo que, en su conversación con la mujer de Sicar, Jesús tenía en mente una adoración espiritual, el tipo de adoración que fluye del corazón. Dios desea que la gente adore desde lo profundo de su ser, en una forma que nadie puede ver ni medir, porque esa forma es única en cada persona. De hecho, es la misma esencia de lo que llamamos «personalidad». Nadie puede negar este aspecto no físico de lo que significa ser una persona; sin él, seríamos criaturas embrutecidas sin alma. Pero gracias a que somos espíritu tenemos la capacidad de hacer conexión espiritual con Dios.

La pasión de Juan Calvino por la Reforma en el siglo XVI se concentraba en la adoración porque sabía que el mayor enemigo de la salud del pueblo de Dios es su inclinación hacia la idolatría. La idolatría se filtra en la vida de la iglesia de innumerables maneras, y es por eso que Calvino deseaba ofrecer adoración pura a Dios; algo que hoy en día se ha perdido. Estamos más interesados en el entretenimiento que en expresar adoración en espíritu y verdad. 

ADORACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Si examinamos los patrones de adoración que se encuentran en el Antiguo Testamento, vemos que Dios mismo dirigió y autorizó esos patrones, y en ellos aprendemos los principios básicos de lo que agrada a Dios.

Un aspecto clave de la adoración en el Antiguo Testamento es que toda la persona estaba involucrada en el acto de adoración. No se trataba de adoración sin sentido; de hecho, la mente siempre estaba muy involucrada. Pero la adoración no es solo mental. Los cinco sentidos humanos se involucraban en la adoración en el Antiguo Testamento.

El sentido de la vista se involucraba por el diseño del tabernáculo y la belleza del templo, que estaba lleno de cosas hermosas que Dios mismo había diseñado para «que le den gloria y esplendor» (Éxodo 28:2; ver v. 40). En el santuario, todo (incluso las vestiduras de los sacerdotes) excitaba la vista con un sentido de la belleza trascendental de Dios.

Sabemos que el sentido del oído también era parte importante del culto de adoración porque la música tenía un papel central en el Antiguo Testamento. Los salmos eran cánticos que se utilizaban en la adoración.

El sentido del olfato también era parte de la adoración, y por eso se usaba el incienso. Un aroma agradable llegó a asociarse con la presencia de Dios; era un aspecto de deleite sensorial en su adoración. No digo que debemos utilizar el incienso en nuestra adoración hoy en día. El punto es que el sentido del olfato integraba la respuesta del adorador en el Antiguo Testamento.

También el sentido del gusto tenía su lugar, como lo muestra la comida de la Pascua, que se transfirió al Nuevo Testamento como la Cena del Señor. También, en uno de los cánticos de adoración del Antiguo Testamento dice: «Prueben y vean que el SEÑOR es bueno» (Salmo 34:8).

Finalmente, estaba la dimensión táctil, la imposición de manos con la que el sacerdote tocaba al adorador para indicar la bendición de Dios. En la iglesia primitiva, un ministro imponía sus manos sobre cada miembro y pronunciaba la bendición de Dios. Hoy en día, cuando un pastor levanta sus manos y pronuncia la bendición, está replicando esa práctica. Con el tiempo, al ir creciendo las congregaciones, la mano levantada del ministro llegó a simbolizar el toque que otorga la bendición de Dios.

Si leemos el Antiguo Testamento, encontramos prácticas de adoración muy dinámicas que pueden enseñarnos a ofrecer la clase de honor, adoración y alabanza que Dios requiere. 

Fuente: TODOS SOMOS TEOLOGOS Una introducción a LA TEOLOGÍA SISTEMÁTICA, R.C. Sproul, Editorial el Mundo Hispano, El Paso, TX, 2015.

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