LA IGLESIA: CATÓLICA Y APOSTÓLICA

Hace algunos años, mientras viajaba con mi esposa y dos amigos por Europa oriental, el tren en que viajábamos se detuvo al entrar a Rumania. Un oficial de migración pidió ver nuestros pasaportes y se los entregamos. Cuando notó que traíamos una Biblia, dijo: «¡Ustedes no son estadounidenses!». Nos confundimos un poco porque él acababa de revisar nuestros pasaportes de los Estados Unidos de América. Nos pidió la Biblia, la abrió y leyó en Efesios 2:19, que dice: «Ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios». El oficial era también cristiano, y cuando descubrió la conexión que tenía con nosotros, se gozó con nosotros y gustosamente aprobó nuestra entrada a Rumania.

LA IGLESIA ES CATÓLICA

Ese incidente nos comunicó la realidad concreta de un tercer atributo de la iglesia verdadera: es católica o universal. Este es el tercero de cuatro atributos de la iglesia que se han proclamado desde el siglo IV en el Concilio de Nicea. El Credo Niceno (ver el apéndice) declara que la iglesia verdadera es una, santa, católica y apostólica. En el capítulo anterior revisamos los primeros dos atributos; en este capítulo vamos a considerar el tercero y el cuarto.

La iglesia católica —la iglesia universal— es diferente de la Iglesia Católica Romana. En nuestros paises, el término «católico romano» se acorta y se dice simplemente «católico», así que cuando alguien se refiere a «la Iglesia Católica» está hablando de la Iglesia Católica Romana. Sin embargo, técnicamente hablando, el término católico no se refiere a una institución específica sino a la iglesia de Jesucristo que incluye gente de todas las naciones, tribus y pueblos.

Muchas iglesias protestantes tienen fronteras nacionales o regionales, mientras que la Iglesia Católica Romana no las tiene. Sus miembros están unidos en todas partes del mundo bajo el liderazgo del obispo de Roma. La iglesia romana excluye a los protestantes de su concepto de la iglesia verdadera debido a la fragmentación protestante. Sin embargo, la iglesia universal es la iglesia invisible. La iglesia de Jesucristo se extiende alrededor del mundo, así como comprobamos en la frontera rumana.

LA IGLESIA ES APOSTÓLICA

La iglesia verdadera también es apostólica. Notamos en los capítulos anteriores que el fundamento de la iglesia son los profetas y los apóstoles. Cuando Cristo estableció la comunidad del pacto del Nuevo Testamento, primero dio el oficio de apóstol (Efesios 4:11). La autoridad primaria de la comunidad cristiana primitiva estaba en los apóstoles. El título apóstol viene de la palabra griega apostólos, que significa «enviado». En la cultura griega antigua, un apóstol era un enviado o un delegado enviado por un rey o por alguna figura de autoridad. El apóstol llevaba consigo la autoridad delegada del rey. Era un vocero de la persona que representaba.

Nosotros tendemos a usar los términos apóstol y discípulo de manera intercambiable, pero hay una diferencia importante entre los dos. Con excepción del apóstol Pablo, todos los apóstoles del Nuevo Testamento fueron primero discípulos, pero no todos los discípulos llegaron a ser apóstoles. Jesús tenía muchos más discípulos que los doce que conocemos en los Evangelios. En cierto punto de su ministerio Jesús envió a setenta discípulos en una misión particular (Lucas 10). La palabra griega que se traduce «discípulo», mathetes, significa «estudiante» o «aprendiz». Los discípulos eran todos los que se reunían alrededor de Jesús para estudiar en su escuela rabínica. Lo llamaban Rabí, y lo seguían de un lugar a otro para escuchar sus enseñanzas. Sin embargo, hacia el final de su ministerio terrenal, Jesús escogió de entre sus discípulos a un número selecto para que fueran apóstoles (Mateo 10). A estos le transfirió su autoridad, diciendo: «El que los recibe a ustedes a mí me recibe, y el que me recibe a mí recibe al que me envió» (Mateo 10:40).

En los inicios de la iglesia surgieron grupos heréticos que trataron de suplantar la autoridad de los apóstoles. Los gnósticos, por ejemplo, decían que tenían autoridad apostólica y que eran fieles a Jesús. Pero no eran apóstoles genuinos.

El primer y más importante apóstol del Nuevo Testamento fue Jesús mismo. Él fue enviado por el Padre y tenía autoridad para hablar a nombre del Padre. Así lo dijo: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18). Y, además: «Porque yo no hablé por mí mismo; sino que el Padre que me envió, él me ha dado mandamiento de qué he de decir y de qué he de hablar» (Juan 12:49). Cuando los fariseos trataron de rechazar la autoridad de Jesús, él les dijo:

Si yo me glorifico a mí mismo mi gloria no es nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien ustedes dicen: «Es nuestro Dios». Y ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco. Si digo que no lo conozco seré mentiroso como ustedes. Pero lo conozco y guardo su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijó de ver mi día. Él lo vio y se gozó (Juan 8:54-56).

En otras palabras, no se puede amar al Padre y odiar al Hijo, y fue el Hijo quien confirió su autoridad a los apóstoles. Ireneo de Lyon (130-202 d. de J.C.), un apologista de la iglesia primitiva, expresó el mismo punto contra los herejes de su época cuando dijo que quienes rechazan a los apóstoles están rechazando a aquel que los comisionó, es decir, a Cristo. Había una línea de autoridad de Dios a Cristo y a los apóstoles.

La autoridad apostólica ha sido atacada en nuestro tiempo, principalmente por feministas que argumentan contra las enseñanzas de Pablo, y también por los que practican la alta crítica, que profesan fidelidad a Cristo pero rechazan la autoridad de las Sagradas Escrituras.

Un pastor que conozco estaba viajando de regreso a su casa en Los Ángeles y, mientras viajaba, hubo un terremoto en California. Al llegar a casa fue al templo de su iglesia para evaluar los daños. Sintió alivio al ver que el edificio estaba de pie y que adentro todo parecía intacto. Ni una ventana se quebró. Pero, poco tiempo después, cuando los expertos llegaron a evaluar el daño, descubrieron que los cimientos se habían movido debajo del edificio. Como resultado de eso, el templo fue declarado inservible. Por fuera, el edificio parecía estar bien, pero no lo estaba. El fundamento se había movido, así que el edificio ya no era estable.

Esa situación ilustra el tema en cuanto a la naturaleza apostólica de la iglesia. Cuando la gente dice que la iglesia tiene autoridad pero rechaza la Biblia, en realidad está rechazando a la iglesia misma porque está rechazando uno de los cuatro atributos de la iglesia: su carácter apostólico. Si atacamos la autoridad de la palabra de los apóstoles, atacamos el alma y el corazón mismo de la iglesia. Como dijo el salmista: «Si son destruidos los fundamentos, ¿qué podrá hacer el justo?» (Salmo 11:3).

En los últimos dos siglos, la teología liberal —con su rechazo categórico de la inspiración y autoridad de la Biblia— ha tenido tanto impacto sobre la iglesia visible que casi la ha destruido. En algunos países los templos están casi vacíos; menos del dos por ciento de la población asiste a los cultos. Esto se debe principalmente al abandono de la autoridad apostólica en favor de concentrarse más en asuntos sociales, lo cual da como resultado que la iglesia no se distinga de cualquier otra institución social. La autoridad apostólica, que significa autoridad bíblica, es el fundamento de la iglesia.

MARCAS DE UNA IGLESIA VERDADERA

Durante la Reforma, el protestantismo se fragmentó en varios grupos. Estaban las iglesias reformadas en Suiza, los Países Bajos y Escocia; la iglesia anglicana en Inglaterra; iglesias luteranas en Alemania y los países escandinavos; los hugonotes en Francia; etc. Mientras tanto, la Iglesia Católica Romana se declaraba como la iglesia verdadera. Fue entonces que los protestantes comenzaron a hablar de una iglesia verdadera en lugar de la iglesia verdadera. Los reformadores decían que, así como una congregación local es una mezcla de cizaña y trigo, tampoco las denominaciones son infalibles; cada una contiene algún grado de error o corrupción. Luego los reformadores identificaron tres marcas esenciales de una iglesia verdadera.

La primera es que la iglesia profesa el evangelio. Si una iglesia niega cualquier punto esencial del evangelio —como la divinidad de Cristo, la expiación o la justificación solo por la fe— ya no es una iglesia. Los reformadores excluyeron a la Iglesia Católica Romana porque, aunque acepta la divinidad de Cristo y la expiación, rechaza la justificación solo por la fe. Por lo tanto, los reformadores decían que la de Roma ya no era una iglesia verdadera.

La segunda marca es que los sacramentos —el bautismo y la Cena del Señor— son administrados correctamente. Los reformadores reconocieron las diferencias entre los cristianos respecto a la presencia de Cristo en la Cena del Señor y el modo del bautismo, pero afirmaron que la celebración regular de los sacramentos u ordenanzas es un elemento necesario de una verdadera iglesia. Algunos grupos rechazaron con tal fuerza el énfasis sacramental de la Iglesia Católica Romana que procuraron establecer iglesias sin sacramentos, pero los reformadores argumentaban que los sacramentos fueron diseñados por Cristo para la edificación del pueblo de Dios y, por lo tanto, es deber de la iglesia mantener la observación correcta de los mismos.

La tercera marca de una iglesia verdadera es la disciplina, que requiere alguna forma de gobierno de la iglesia. Una iglesia es responsable de la nutrición espiritual de sus miembros, de que la gente crezca en su fe y progrese en su santificación. Por lo tanto, se requiere la disciplina para mantener a la iglesia libre de infecciones con impurezas y corrupción. Si los clérigos de una iglesia continuamente niegan la divinidad de Cristo, y la iglesia no los censura ni los quita de su puesto, entonces esa iglesia ha dejado de ser una iglesia legítima. 

Fuente: TODOS SOMOS TEOLOGOS Una introducción a LA TEOLOGÍA SISTEMÁTICA, R.C. Sproul, Editorial el Mundo Hispano, El Paso, TX, 2015.

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