SANTIFICACIÓN

Cuando era joven escuchaba con frecuencia la predicación por radio de Robert J. Lamont. Tiempo después, cuando estaba en el seminario, tuve la oportunidad de conocer al doctor Lamont. En esa ocasión me preguntó, bromeando: «Entonces, joven, ¿qué hay en tu mente parcialmente santificada?».

La buena noticia de la fe cristiana no consiste solamente en que somos justificados por la justicia de alguien más, sino también que no tenemos que esperar hasta que seamos plenamente santificados para que Dios nos acepte en su comunión. La santificación, por más parcial que pueda ser en esta vida, de todos modos es real. Es el proceso por el cual quienes han sido declarados justos son hechos santos. Nuestro estatus delante de Dios se basa en la justicia de alguien más; sin embargo, en el momento en que somos justificados, se efectúa en nosotros un cambio real por el Espíritu Santo para que seamos conformados cada vez más a la imagen de Cristo. El cambio de nuestra naturaleza hacia la santidad y la rectitud comienza inmediatamente.

SANTIFICACIÓN GARANTIZADA

Observamos antes que la justificación es solo por la fe, pero no por una fe que está sola. En otras palabras, si está presente la fe verdadera, hay un cambio en la naturaleza de la persona que se manifiesta en buenas obras. El fruto de la santificación es tanto una consecuencia necesaria como inevitable de la justificación. Esta verdad sirve como advertencia para quienes sostienen la postura de que es posible que la persona se convierta a Cristo pero que nunca rinda fruto bueno ni cambie en su conducta. Es la idea del «cristiano carnal».

Por supuesto que, en cierto sentido, los cristianos somos carnales a lo largo de nuestra vida; es decir, en esta vida nunca se desvanece completamente el impacto de la carne. Tenemos que luchar contra la carne hasta el momento en que entremos en la gloria. Sin embargo, si alguien está completamente en la carne de tal forma que no hay evidencia de cambio alguno en su naturaleza, entonces ese individuo no es un cristiano carnal, sino un no cristiano carnal. Hay quienes tienen tanta preocupación por aumentar el número de convertidos que se resisten a considerar que haya algunas profesiones de fe falsas. Pero si alguien hace una profesión de fe y no muestra fruto alguno es porque no hubo conversión real. No somos justificados por una profesión de fe sino por la posesión de fe. Ahí donde la fe es verdadera el fruto de esa fe comienza a aparecer inmediatamente. Para una persona convertida es imposible permanecer sin cambios. La misma presencia de la nueva naturaleza —la presencia y el poder del Espíritu Santo que habita en nosotros— indica que, de hecho, somos transformados y que seguimos transformándonos.

Al mismo tiempo, la santificación no progresa en una línea constante desde el punto de partida de la conversión hasta que llegamos a nuestro hogar en la gloria. En general, hay un crecimiento constante en la vida cristiana, pero existen picos y valles. Puede haber ocasiones en las que un cristiano caiga radicalmente en un pecado prolongado. De hecho, puede darse el caso de cristianos que caen en pecados tan escandalosos que deben entrar en la disciplina de la iglesia y tal vez incluso en la excomunión. A veces ese último paso de la disciplina (la excomunión) es necesario para restaurar a un reincidente a la fe. Habiendo dicho esto, mientras pasamos de la infancia espiritual hacia la adultez espiritual los picos y valles tienden a suavizarse. Nuestras alturas espirituales son menos intensas, pero así también son nuestras caídas a las profundidades. Llegamos a ser más estables en nuestro crecimiento y nuestra comunión en Cristo.

TRABAJANDO LO QUE DIOS TRABAJA

Hay muchas iglesias que enseñan formas de perfeccionismo, y muy relacionadas a esas posturas están los movimientos que prometen saltos instantáneos de santificación por medio de experiencias más profundas de vida o comunión más profunda con el Espíritu Santo. Aunque muchos se quedan cortos en su pretensión de perfeccionismo, sí hablan de dos tipos de cristianos: los que tienen un patrón de crecimiento normal y los que tienen un avance repentino en su santificación por medio de una experiencia más profunda con el Espíritu. Ciertamente no quiero disuadir a nadie de buscar la cercanía y profundidad en su caminar con el Espíritu Santo; eso es algo que debemos buscar en todo tiempo. Sin embargo, la Biblia en ningún lugar enseña que debemos esperar curas instantáneas para el pecado o lograr una vida cristiana victoriosa por medio de una dosis especial del Espíritu.

La imitación de Cristo es uno de los libros cristianos clásicos en el tema de la santificación. Su autor, Tomás de Kempis, dijo que es muy raro que un cristiano rompa un mal hábito en el curso de su vida. Hay veces en que todo cristiano se pregunta: «¿Cómo puedo ser cristiano y todavía seguir luchando así con mi carne?». Si hemos estado caminando con Dios por mucho tiempo, podemos hallar consuelo al mirar hacia atrás al curso de nuestra vida cristiana y reconocer que Dios ha estado transformándonos y dándonos progreso real en la fe cristiana. De todas formas, el ser moldeado y llevado a la madurez espiritual es una experiencia que dura toda la vida. Tendemos a buscar gratificaciones instantáneas. Queremos saber cómo ser santificados en tres pasos fáciles, pero no existen tales pasos. La santificación es un proceso que dura toda la vida y que involucra una enorme cantidad de trabajo intensivo.

Pablo escribe: «De modo que, amados míos, así como han obedecido siempre —no solo cuando yo estaba presente sino mucho más ahora en mi ausencia—, ocúpense en su salvación con temor y temblor; porque Dios es el que produce en ustedes tanto el querer como el hacer para cumplir su buena voluntad» (Filipenses 2:12,13). Pablo nos dice que trabajemos nuestra salvación, lo que en realidad es un llamado a ser diligentes en la búsqueda de la rectitud. Esto es trabajo y, por lo tanto, un cristiano que busca la santificación y la madurez espiritual debe estar activo. Pablo también nos dice que lo hagamos «con temor y temblor». No quiere decir que debemos estar en un estado de ansiedad paralizante. Más bien, está describiendo la atmósfera en la que debemos trabajar y ejercitar nuestra salvación. No podemos simplemente relajarnos en la búsqueda de la santificación montados en la ola en la que el Espíritu Santo nos transporta. Debemos tratar de agradar a Dios.

La buena noticia que Pablo subraya es que podemos hacerlo porque Dios está obrando dentro de nosotros tanto el querer como el hacer. Esta es un área en la cual hay sinergismo genuino, cooperación. La santificación es un proceso cooperativo en el cual Dios trabaja y nosotros trabajamos también. Una de las tareas principales del Espíritu Santo es la aplicación de nuestra redención; él hace que en nuestra alma se manifieste el fruto de nuestra justificación. Trabaja en nosotros para cambiar nuestra naturaleza, y nosotros cooperamos con él.

PUNTOS DE VISTA HERÉTICOS DE LA SANTIFICACIÓN

Esto nos da pie para tratar dos conjuntos de herejías muy persistentes que han amenazado a la iglesia a lo largo de su historia. El primero de estos conjuntos es el activismo y el quietismo. El activismo es la herejía de la autojustificación en la cual la gente intenta obtener la santificación por sus propios esfuerzos. El error del quietismo fue introducido por los místicos franceses en el siglo XVII. Los quietistas dicen que la santificación es exclusivamente el trabajo del Espíritu Santo. Los cristianos no necesitan ejercitarse en ella; solo necesitan estar quietos y no estorbar al Espíritu Santo que hace todo el trabajo. Dicen, en esencia: «Que Dios lo haga todo». Hay veces en que sí es importante dejar que Dios trabaje. Si nos afanamos demasiado en nuestras propias fuerzas y no dependemos de la ayuda del Espíritu Santo, entonces es hora de aquietarse. Pero no debemos abrazar una especie de quietismo permanente que busca dejar que Dios haga todo el trabajo.

El segundo par de herejías en cuanto a la doctrina de la santificación es el antinomianismo y el legalismo. La gran mayoría de las iglesias han sufrido y sido afligidas severamente por una de estas dos, y a veces por las dos distorsiones. Los legalistas ven la ley de Dios como algo tan importante para la santificación que le añaden puntos a la ley. Para ayudar al cristiano en su santificación tratan de legislar en los puntos en los que Dios dejó al ser humano en libertad. Tienden a crear regulaciones y reglamentos, como el prohibirle a los cristianos bailar o ir al cine. Ahí donde Dios no ha legislado, los legalistas encadenan a las personas e inevitablemente sustituyen la ley real de Dios con leyes hechas por el hombre.

El otro extremo es el antinomianismo, que afirma que la ley de Dios ya no se aplica en la vida cristiana. Los antinomianos dicen que debido a que los cristianos están bajo la gracia no tienen necesidad de obedecer la ley de Dios. Esta herejía está muy extendida. De hecho, estamos viviendo un período de un antinomianismo que lo impregna todo en la iglesia. Una persona verdaderamente piadosa entiende que ya no está bajo el yugo de la ley, pero aun así ama la ley de Dios y medita en ella de día y de noche, porque ahí descubre lo que agrada a Dios y lo que refleja el carácter de Dios. En lugar de huir de la ley de Dios, el cristiano que busca diligentemente la rectitud y la santificación se convierte en un estudioso serio de la ley de Dios. 


Fuente: TODOS SOMOS TEOLOGOS Una introducción a LA TEOLOGÍA SISTEMÁTICA, R.C. Sproul, Editorial el Mundo Hispano, El Paso, TX, 2015.

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